Foto: Shutterstock/Diego Grandi
Ricardo Salinas Pliego, el multimillonario mexicano conocido por su postura abiertamente favorable a bitcoin, quería apostar fuerte por el mercado cripto al alza en 2021. Su objetivo era una posición de unos 400 millones de dólares (340 millones de euros). Pero en lugar de liberar liquidez adicional, eligió una vía habitual entre grandes patrimonios: pedir un préstamo usando como garantía sus acciones en Grupo Elektra, el conglomerado construido por su familia.
Ahí comienza la historia que el Financial Times describe como un thriller jurídico transatlántico.
La élite financiera en un yate
A través de un bróker londinense, el equipo de Salinas entró en contacto con Astor Capital Fund. En los correos electrónicos, la empresa se presentaba como un club con raíces en el patrimonio Astor, respaldado por grandes fondos de dotación y oficinas familiares. Aparentemente, todo sonaba sólido.
En una videollamada apareció un hombre con acento estadounidense que se presentó como Thomas Astor-Mellon, director ejecutivo, llamando desde un yate. Afirmó descender de la famosa familia Astor y aseguró que su empresa estaba especializada en operaciones de préstamo de acciones.
La estructura parecía conocida: hasta 150 millones de dólares en efectivo, con unos 416 millones de dólares en acciones de Elektra como garantía. El resto de la apuesta en bitcoin de Salinas se completaría a través de bancos internacionales.
Y entonces… las acciones desaparecieron
En julio de 2021, Salinas firmó un extenso contrato con un vehículo especial. Había un detalle extraño: un sello con una corona y un león junto a una fecha romana sin sentido, que más tarde Salinas consideró la primera señal de alarma.
Lo que ocurrió después es el núcleo del conflicto. En lugar de inmovilizar las acciones como garantía, estas habrían sido trasladadas y posteriormente vendidas.
Los ingresos se utilizaron para “financiar” el préstamo y, según Salinas, para enriquecer a la otra parte. Cuando el caso salió a la luz, las acciones de Elektra se desplomaron e incluso fueron suspendidas temporalmente de cotización.
“Fue el fraude perfecto”, afirma. “Se quedó con mis acciones, las vendió y luego me devolvió mi propio dinero en forma de préstamo”.
Cuando se hizo público el asunto, las acciones de Elektra se desplomaron e incluso se suspendieron temporalmente.
Una maraña de alias, entidades offshore y demandas
Según la investigación, “Thomas Astor-Mellon” resultó ser en realidad un hombre con un pasado dudoso. El negociador “Gregory Mitchell” sería otra persona que operaba con distintos nombres, empresas y jurisdicciones. Salinas litiga ahora en Londres, aunque reconoce que no está claro si algún día recuperará sus acciones.
¿La lección? Quienes piden prestados enormes cantidades de dinero fuera de los canales crediticios regulados pueden descubrir que los nombres «clásicos», los contratos voluminosos y las marcas elegantes son a veces precisamente donde reside el peligro.
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